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Cuento

Los olvidados

Qué misterio ronda entre las paredes desgastadas del viejo callejón…

Un niño asoma la cabeza, luego se retira. Se atreve nuevamente a mirar y soba sus ojos con manos lodosas. El estómago ruge, hace tanto que no prueba bocado, fuera de las sobras encontradas en los desperdicios de aquel restaurante italiano. Los ojos le arden a causa de la mugre que cubre todo el cuerpo.

En el callejón, una luz proveniente quién sabe de dónde alumbra con claridad un pavo relleno de carne, de esos que el niño alcanza a distinguir tras las ventanas de hogares cálidos en épocas de invierno, mientras él muere de frío recostado en los pórticos, con periódico sobre el cuerpo.

Se acerca con sigilo al apetitoso alimento y el estómago ruge con más fuerza, como queriendo apurar el mordisco. Entonces el cuerpo se paraliza y comienza un temblor involuntario, el pavo se transforma en cenizas y el cuerpo del niño se tuerce por completo, atravesado en el medio por las fauces del que habita en lo profundo del callejón olvidado.

El gentío pasa por ahí todos los días, pero no hay nada nunca que despierte su curiosidad.

Un pequeño de la mano del padre mira de reojo al interior.

-¿Qué tanto miras, hijo? –lo cuestiona el hombre trajeado. Un tanto molesto, dos tantos de prisa.

El chico observa los retazos de niños descarnados, perros y gatos de cuerpos maltrechos, vagabundos de cuellos destrozados. Detrás, la sombra que causó su muerte, que espera en la oscuridad la próxima presa.

El padre sigue andando. No le importa realmente la respuesta. Pero el niño sabe, como saben todos los niños.

-Son los olvidados –susurra casi para sus adentros, dejando caer a propósito el emparedado que le dio su madre esa mañana.

En el callejón, los olvidados sonríen y la sombra cruel se estremece. Porque cuando alguien los recuerda, aunque sea por un instante, ellos también se recuerdan a sí mismos…

Y la sombra no puede contra ellos.

Belinda Díaz

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Microrrelatos

El último día

En el último día quedaba un solo hombre y una sola mujer. En medio del desierto que ahora era el planeta, encontraron una manzana a la que, hambrientos, dieron un mordisco. Entonces, en su interior se reveló la verdad de la tierra. Y sintieron en su piel las redes con las que en otros días habían capturado a las especies marinas, en su pecho cada lanza con la que exterminaron a los animales y, en su corazón, la indiferencia con la que caminaban al lado de sus hermanos quienes, con carnes enjutas, rogaban por un poco de alimento. Ante tal revelación, cayeron de rodillas y lloraron amargamente, regando con sus lágrimas el desierto que ahora era el planeta. Y de nuevo crecieron pastos y flores, arbustos y lamas. Regresaron los animales y se pobló otra vez el mundo. Pero del hombre y la mujer no quedó nada, sólo lágrimas.

Belinda Díaz